El momento del parto: El parto

posted by Principesa de Preslav 11 junio, 2015 7 Comments

Si hace un par de semanas os contaba como había sido el momento de el preparto, esta semana toca, nada más y nada menos, que la madre de todos los eventos del embarazo: EL PARTO.

Nos habíamos quedado en que habíamos entrado en Urgencias de maternidad la madrugada del 26 de Diciembre, después de la copiosa comida de Navidad y habernos quedado hasta el final de El señor de los Anillos, el retorno del Rey (¡Te odiamos Frodo Bolsón!).
Como ya comenté, era Navidad, y en Navidad pasan dos cosas: que nadie quiere trabajar y se reducen los turnos y que al que le toca trabajar, en realidad, preferiría estar haciendo la digestión en su cama.

Con todo esto, al entrar en la sala de dilatación, el celador me dejó allí sola y la enfermera me comentó que si quería, podía aprovechar para ir al baño una última vez (pensé, ¡qué dramática! como si nunca más fuera a ir al baño… después del parto supe por qué lo decía). Estaba aguantándome las megacontracciones que estaba sufriendo (que me hicieron entender que era una mujer blandengue y no la persona con el umbral del dolor alto que siempre había sido) así que pensé que, quizá, aguantaría mejor el dolor si hacía un último pis (que en su día me ayudaba con el dolor de ovarios). Nada. Ni gota.

Cuando salí del baño, la matrona me estaba esperando.
En las clases de preparación al parto nos habían hablado del Saurón de las matronas: una viejuna amargada que no quería jubilarse y que era tan rancia que los bebés salían deprisa y sin llorar para no hacerla enfadar. Pensé que con nuestra suerte, nos tocaría esa.
Pero no. Mi matrona era una chica de treinta y pocos, con una muñeca en la solapa y que, a simple vista, era poco habladora. Me ayudó a sentarme en la camilla, me colocó los lectores y me cayó bien en el momento en el que me dijo que mis contracciones estaban siendo más fuertes de lo habitual y que la cosa avanzaba rápido (no era tan blandengue después de todo: E-P-I-D-U-R-A-L, por favor)

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Mi anestesista

El momento del parto: El parto

Hicieron llamar al anestesista y en vez de eso, apareció Dustin Hoffman en Estallido, enfundado en el mismo traje que se había usado durante la crisis del ébola. Me empezó a hablar como si estuviera masticando un chicle Boomer XXL y yo me quedé muda volviendo la vista a la matrona. Ella suspiró (no sé si por mí o por él) y me tradujo: “¿cuánto mides?, ¿eres alérgica a algún medicamento?”.
Pensé (es que pensé mucho durante aquellas horas): “¿Esto me lo preguntan mientras estoy de parto? ¿Y qué pasa si quien llega no puede comunicarse? ¿Y si le digo mal la altura? ¿Y por qué no soy capaz de entender a Dustin Hoffman?”. La respuesta a ésta última pregunta: Era canario. Lo supe cuando me dijo: “vasanottar un pinshaso“.

NOTA: siempre me he preguntado como los canarios diferencian entre “ir a cazar” e “ir a casar”

Con la epidural puesta y ya listos para esperar a que la Infanta se fuera abriendo paso, llamaron a mi Consorte y le dejaron reunirse conmigo al fin. Le necesitaba, le necesitaba para contarle todo lo que acababa de pasar durante aquellos quince minutos y me diera ánimos:

La matrona no es Voldemort, pero es muy seriota, aunque sincera, así que me gusta

 

Hay una auxliar de enfermería que ha tratado de tomarme la temperatura en la boca con el termómetro de la oreja y después en la oreja sin la clavija de plástico. ¡No me dejas sola con ella, por favor!

 

El anestesista era Dustin Hoffman, que es canario, un gilipollas que se cree que estamos en Anatomía de Grey, pero no le llega a Derek Shepperd ni a la altura del betún

Y de mientras, mi Consorte sólo podía pensar en una cosa: “Me habían dicho que para no marearme me pusiera a ayudar detrás de la cama y resulta que esta maldita cama está pegada a la pared

Durante las dos horas siguientes, no hubo ningún avance. Pudimos dormir vagamente unos 20 minutos y mi Consorte descubrió que, efectivamente, las sillas que ponen para los acompañantes en los hospitales, son una puta mierda (con perdón).
Informamos a mi Reina Madre y mi cuñada de la situación y poco después, el Consorte atendió las llamadas que fueron llegando.
Cuando la matrona volvió, vino acompañada de la ginecóloga que horas atrás me había hecho la primera exploración. Había dudas de si la bolsa se había roto o no, porque la matrona no era capaz de averiguarlo. Supongo que 6 centímetros dan para un puño (y para más, que seguro que ahí cabe un coche) porque la ginecóloga palpó por dentro y al sacar la mano: ¡Tenía pelo en los dedos! ¡Joder! ¡Le había quitado un mechón de pelo a la Infanta! ¡Zorra!

La buena noticia es que la bolsa estaba rota, la mala, que me habían tachado de histérica la vez que me había plantado en Urgencias un par de semanas atrás creyendo que había roto aguas y resultaba que estaba en lo cierto.
Por si no era suficiente la de cables que colgaban por allí, me colocaron un electrodo en el interior que conectaba el pálpito craneal de la Infanta a un monitor (sonaba como una pelota de ping pong)

Flipante sí, como flipante fue ver actuar de nuevo a la auxiliar de enfermería: cogió el instrumental de un cajón, lo abrió ella solita, sin guantes, y pretendía colocármelo hasta que la matrona le dijo que lo único que tenía que hacer era darle el instrumental. Después, le dijeron que me limpiara y pretendía hacerlo a palo seco con una gasa y la matrona le dijo que usara, ¡POR DIOS!, el botellín de betadine transparente (no sé cómo se llamaba ¿oxiclodrina?), estuvo a punto de desconectar todos los cables de monitorización, confundió el cable azul con el gris (que menos mal que no es artificiero) y, por último, metió la chata en el limpiador automático de la única forma en la que TODOS estábamos seguros, que no se podía entrar.

¡Por favor, que llegue el cambio de turno!

Y el cambio de turno llegó y claro, con él, la marcha de mi matrona. De repente entraron en mi cuarto DOS matronas, una adjunta y otra residente de último año, que se me presentaron alegremente y me empezaron a contar un montón de cosas súper alegres. Yo sólo sabía una cosa: el efecto de la epidural se me estaba pasando porque a medida que pasaban las horas el dolor era más intenso y ellas me respondieron “eso no es dolor, es presión”

Mi primera reacción fue levantarme de la cama y salir corriendo a buscar a mi otra matrona. Habría sido muy de película de terror, arrastrándome por el pasillo con la fuerza (ejem) de mis brazos mientras gritaba su nombre.
Recuerdo una vez que fui a una consulta porque me dolían mucho las piernas. El buen doctor me miró y me dijo “el dolor es relativo”. ¡Efectivamente, 6 años de carrera para eso y podemos demostrar lo relativo que es pegándote una patada en los huevos!
Esto me lo recordaba: venía de tener contracciones dolorosas y dejar de sentirlas con la epidural y volvía a sentir las contracciones dolorosas, así que matronas, ERA DOLOR, no presión.

Cumplidas las 8 horas de trabajo de parto (que habían consistido en intentar dormir, que la auxiliar no me tocara un pelo y controlar la psicosis familiar) me anunciaron que estaba de 10 centímetros. ¡Genial, me toca empujar! ¡PERO NO! las amables matronas me comentaron amablemente que tendría que esperar un par de horitas porque las contracciones habían parado, pero que todo iba bien. ¡MENTIRA! las contracciones se veían igual de intensas en el monitor y yo las sentía igual de fuertes.
Lo que pasaba es que había una mujer en el paritorio de al lado (que gritaba la mujer como en las películas y series yankees donde no hay epidural) que tenía una urgencia de vida o muerte y sólo había una ginecóloga y un par de matronas para atender el servicio.
No había necesidad de mentir, sólo de informar.

Un saludo a los artífices de que los servicios médicos hayan sufrido recortes.

¿Sabéis eso que dicen de que se olvida el dolor del parto nada más dar a luz? bueno pues también se olvida todo lo ocurrido hasta que eso pasa, así que yo lo recuerdo como algo así:

Aunque Janice eran las matronas.

Por fin me llegó el turno. La matronas alegres me hicieron recostarme, mi Consorte me dio más ánimos que los Frosties de Kellogs energía y la auxiliar de enfermería que estaba para ayudar era otra.
¡Genial! ¡Respira profundo, espera la contracción y empuja!

Durante la preparación al parto escuché una sarta de gilipolleces varias que me hicieron retrotraerme a los años 20. Sin embargo, un día nos explicaron como se animaba a las mujeres a coger aire y con los pulmones llenos, empujar para sacar a los bebés. Nos explicaron como era más “sencillo” hacer fuerza con los pulmones vacíos que con 3000 litros de aire en ellos. Lo probé al quinto intento de empujar y que allí no pasara nada y resultó.

Resultó que la cabeza de la Infanta salió y se volvió a meter. Era el efecto yo-yo y después supe que cuando pasa, se pide a la madre empujar un par de veces para ver si se consigue expulsar al bebé o se solicita la intervención de ginecología para ayudar con material (forceps y ventosa). Eso es la teoría, porque como la ginecóloga estaba atendiendo la segunda cesárea de urgencia del día, mis matronas decidieron tenerme 45 minutos empujando (con desmayo de sobre esfuerzo incluido) mientras se hablaban la una a la otra en susurritos COMO SI NO ESTUVIÉRAMOS ALLÍ ESCUCHANDO, para hacer tiempo.

giphy

El desenlace

¿Sabéis la escena del camarote de los hermanos Marx? ¿No? Pues no hay problema: ver aquí.

¿Sabéis cuando sentís que algo no está yendo bien porque las caras de los profesionales que te atienden lo dicen todo? éste era uno de esos casos. Por suerte, las puertas de mi habitación se abrieron para que entrara más y más gente. Al principio conté siete, después ya no me daba la vida para contar porque vi los forceps y me biloqué de mi cuerpo para vivir una experiencia extracorporea mientras mi bebé, salía por fin.

Cuando Consorte y yo la vimos fuera fue como expulsar una infinita cantidad de aire acumulado en los pulmones desde hace eones. Escuchamos llorar a Klaudia por primera vez y nos la trajeron para que la cogiera en brazos. Era tan bonita, roja como un cangrejo, con los ojos pegados, el pelo lleno de grasa, las manos arrugadas, pataleando… ¿qué era aquello blandito? ¡Joder, se me ha cagado encima! “Eso no puede ser” dijo alguna de las quince personas que allí había, ¿Entonces que es esto? pensé levantando la mano. PUES CACA, señoras, ERA CACA. ¡Vuelta a llevársela a limpiar!

Klaudia nació pesando 3,490 kg. y midiendo 51 cm. Se la llevaron porque la saturación no era perfecta y cuando volvió me la pusieron encima de nuevo. Ahora tiene 5 meses y medio.

Moraleja

Recuerdo la tabarra que nos dieron en las clases de preparación al parto con los ejercicios de Kegel y el masaje perineal. Dale al Kegel y al masaje durante los últimos meses de embarazo. Objetivo: evitar un desgarro y, en caso de tenerlo, que fuera lo más pequeño posible. Bien, pues el resultado fue un par de matronas que me hicieron extenuarme hasta desmayarme, forcets y 30 minutos de 20 puntos de cruz de la ginecóloga (desde aquí también un saludo porque la mujer fue súper eficiente y a día de hoy no hay rastro).

Recuerdo la megaimportancia que se le daba a tener el bebé piel con piel para fortalecer la relación entre bebé y madre. En mi caso brilló por su ausencia.

Recuerdo como después de 10 horas de trabajo de parto y una hora y media de empujar y empujar, me quedé sola, rodeada de extraños, mientras Consorte acompañaba a la Infanta a las pruebas de saturación y alguien me preguntó “¿Por qué lloras? ¿la emoción? ¿el esfuerzo?”. No respondí.

Continuará

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7 Comments

Arantxa 11 junio, 2015 at 9:48 pm

No dudo que el momento sería doloroso y duro, pero te prometo que me has hecho reír a carcajadas con tu forma de explicarlo 😉

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Principesa de Preslav 11 junio, 2015 at 9:51 pm

Muchas gracias!
A toro pasado, hay que tomárselo con humor… Además ahora está todo compensado con la nena tan bonica que tenemos.
Un beso y gracias por leerme!

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